martes, 6 de noviembre de 2012



Ganadores Concurso Zeler-Kraut
Vivencias 2012

Primer Premio

LUNA DEL ‘69
Fulbio Augusto Rottaris

I
  Mi padre murió convencido de que el hombre no había llegado a la Luna. Para justificar su certidumbre no empleaba  argumentos sesudos ni extravagantes, simplemente decía que la Luna era una eterna fuente de inspiración poética; que representaba para los hombres el umbral más próximo al misterio del Cosmos, el primer peldaño hacia las estrellas inmutables. Muchos años después, encontré esos asertos en las filosofías de Pitágoras y Platón.
 Hay verdades inmarcesibles que se intuyen con el corazón más eficazmente de lo que el cerebro puede aprender o descubrir por la lectura. Mi padre nunca leyó a los platónicos pero sostenía con firmeza aunque sin presuntuosidad, que la Naturaleza había interpuesto infranqueables fronteras a la fría curiosidad analítica y que sólo se prodigaba generosa a quienes se acercaban a ella con respeto y humildad. De allí que los artistas comprendían más hondamente al Cosmos que los técnicos que basaban sus argumentos en números fríos y lógicas artificiales. Para mi padre sólo los artistas entendían el Universo, sean éstos poetas, músicos, pintores o artesanos como él.

                                                            II
  De niño yo escuchaba arias de ópera a través de discos que mi padre reproducía en un antiguo combinado a válvulas (aunque era a válvula, el aparato tenía una fidelidad que según mi papá los transistores nunca podrían alcanzar). Los registros de pasta, frágiles y pesados y los más nuevos de vinilo constituían un preciado tesoro que mi padre guardaba celosamente con llave en un armario. Los discos giraban vertiginosos, las voces y la orquesta escapaban de su cárcel circular, en alocada fuerza centrífuga a 78 revoluciones por minuto. Recuerdo que una vez, con el reloj despertador de mamá para controlar el tiempo, jugamos con mi hermana a ver quién daba 78 vueltas seguidas en el menor tiempo posible, canturreando el brindis de La Traviata sin marearse. Terminamos los dos en el suelo y con el reloj roto por la caída.
III
 Las pocas veces que llegaban los envíos de “Zio Angelo” desde Estados Unidos, la casa entraba en una atmósfera de ansiedad y expectación. Luego de retirar con cuidado los sellos postales para mi hermano mayor que los coleccionaba, mamá abría el envoltorio con cuidado y separaba el paquete con los discos al aguardo de la llegada de papá del taller de ebanistería. Dejaba el resto de la remesa a mi hermana. De la caja extraía cartas, fotografías, folletos de la NASA, diarios en italiano y muchas golosinas “per i miei piccoli nepoti”(*), según rezaba la nota escrita a máquina en invariable tinta roja.
 Aunque mi padre apreciaba la generosidad de su hermano Angelo por molestarse en enviar las más exquisitas joyas discográficas del arte lírico que se podían comprar en Nueva York, sus favoritos eran los discos de ópera de RCA Victor. Viejos discos de pasta con una etiqueta central roja o azul con letras doradas y con la imagen del perrito frente al gramófono. En mi fantasía infantil creía que los  cantantes vivían dentro de esa enorme galleta negra,  que respiraban por el agujero central y que no se animaban a salir porque tenían miedo que el perro de la etiqueta los mordiese. Las voces de Claudia Muzio, Enrico Caruso, Titta Ruffo y otros que ya no recuerdo emergían de los grandes parlantes con un persistente ruido a púa que yo atribuía a la sal del océano Atlántico por donde navegaba el barco que los traía desde Nueva York, sal que, según yo creía, se pegaba a los surcos iridiscentes del disco.

IV
  A veces, en noches de luna, con la solemnidad de un ritual, papá sacaba del armario -como el sacerdote extrae del sagrario la Hostia- el disco más venerable de todos, el más sagrado. Lo colocaba con unción sobre el plato giradiscos y ajustaba el volumen. Una introducción de violines se balanceaba por las sombras de la noche, luego una flauta dulcísima descorría el último velo, entonces emergía lenta y suave la más humana y divina de las voces. María Callas comenzaba su súplica a la Luna: “Casta Diva, che inargenti queste sacre antiche piante…”(**)

 En la película El Perro Andaluz, una nube atraviesa la Luna mientras una navaja corta el ojo de una muchacha en la Tierra. La plegaria de Norma como espada de dos filos descorría la velada faz de la luna y sobrevolaba la atmósfera del humilde hogar de un ebanista italiano lejos de su patria. Mágicamente aparecía un ángel sonoro cuyas alas acariciaba el corazón y hacía brotar lágrimas de emoción y gratitud.

V
 Como los niños de esa época, yo seguía con avidez la carrera espacial entre EE.UU y la U.R.S.S. Antes de hacer la tarea me juntaba con Basilio, un chico de mi edad, hijo del “ruso Burijovsky”, un ucraniano tallista que trabajaba con mi papá en el taller. Basilio compartía mi entusiasmo por el Cosmos. Después de hacer la tarea me iba con él a la plaza a jugar a la pelota o a intercambiar recortes y figuritas sobre la conquista del espacio.
 Con indisimulada jactancia restregaba en la cara a Basilio los folletines a todo color de la NASA que el Tío Angelo me enviaba con detalles de la Misión Apollo. Mi amigo soportaba mansamente la humillación; con timidez  desenrollaba ajados recortes del Pravda con desvaídas ilustraciones en blanco y negro, escritas en el inextricable alfabeto ruso sobre el Programa Lunik. Con altanería, casi gritando le decía que esas fotos eran horribles, que las naves Lunik no iban tripuladas, que era pura chatarra inservible, que los rusos jamás pisarían la luna.  Ante mi burla, Basilio con lágrimas de rabia replicaba que los soviéticos lanzaron el primer satélite artificial, pusieron el primer ser humano, Yuri Gagarin, en órbita; que fueron los primeros en fotografiar la cara oculta de la luna y que Valentina Tereshkova fue la primera mujer astronauta. Más argumentos me lanzaba y más me empeñaba yo en insistir que Apollo XI llegaría a poner el primer hombre en la Luna. El enojo de Basilio duraba lo que tardaba yo en convidarle con los chicles del Tío Angelo que hábilmente sustraía del sitio donde los escondía mi madre porque, decía, “te vas a tragar el chicle y se te va a pegar en el estómago”. Mi amigo los aceptaba gustoso y cambiábamos de tema. Cuando no hablábamos de chicas o de fútbol, mirábamos la luna echados boca arriba sobre el pasto de la plaza con la emoción de la inminencia. Intuíamos que algo histórico estaba por suceder allá.

                                                               VI
 La noche del Cordobazo, encontró a la ciudad sin luz eléctrica. Sólo el fuego de las barricadas en las esquinas y la luz intemporal de la Luna se abrían paso en la tiniebla de la indignación, la confusión, la ira y el miedo. Mi hermano mayor había acompañado a su novia a la movilización estudiantil. La chica fue metida en un furgón  policial y él se hizo arrestar para no dejarla sola. Mi padre recorrió varias comisarías, hasta que se acordó de un cliente que era funcionario policial de menor rango y se le ocurrió pedirle ayuda. Antes del amanecer del 30 de mayo, mi hermano ya estaba durmiendo en casa. (Bien caro le salió a mi padre la “gauchada” del policía, pues le tuvo que hacer un juego de comedor gratis).
 Mientras mi padre deambulaba por los sórdidos recintos policiales, me asaltó una incontenible avidez de escuchar Casta Diva. La noche era propicia porque aquí abajo todo era caos, disparos errantes, amenazas de represalias del ejército; pero allá en el alto cielo, la pálida Luna observaba impasible cómo los violentos hijos de la Tierra se despedazaban.
 Le rogué a mi madre que sacara el venerable disco de María Callas del armario (ella sabía dónde papá guardaba la llave) y que no llorara más, que confiara en que papá traería a mi hermano a casa. 
 Sobre el trágico marco sonoro de gritos lejanos y disparos furtivos, la plegaria de Norma se elevó imponente hacia el astro ceniciento. Parecía que por toda la Tierra resonaba la imprecación de la sacerdotisa:“spargi in terra quella pace che regnar tu fai nel ciel...”(***). Acaso en ese mismo instante la Luna dejaba caer una lágrima de paz sobre Praga, Saigón, París o Córdoba.

VII
 Esos días de julio, una expectativa planetaria desplazaba el foco de atención de la opinión pública hacia la Luna dejando los conflictos mundiales momentáneamente en un segundo plano.
 Estábamos mi padre, el ruso Burijovsky, Basilio y yo tomando el mate cocido en el taller. “Todo esto es una patraña. El hombre no puede ir a la Luna. Sería una profanación. Estos farsantes quieren llevar la Guerra Fría al espacio. Nixon y Brezhnev son unos miserables”, decía papá, en un aceptable castellano. Burijovsky sonreía y comentaba en voz baja “Gringo, tenés razón; Brezhnev es un (…)”, lanzando en voz alta un insulto en ucraniano que no es necesario traducir, y agregaba “La verdad es que los tipos esos de Moscú, son unos sucios burócratas, no son comunistas; yo sí. Por eso los camaradas me mandan el Pravda, porque saben que yo soy fiel al Partido y a Lenin.”
                                                    
                                                          VIII 
  Pasó el tiempo, mi padre murió sin volver a ver a Tío Angelo. El ruso Burijovsky se volvió a Ucrania luego de que a Basilio se lo llevaran a La Perla y que nunca más se supiera de él. Mi hermano no corrió igual suerte porque se marchó a Italia antes del Golpe.
 Hoy es discutible que los yanquis hayan pisado la Luna. No soy tan tajante como mi padre, pero ahora dudo de lo que en mi niñez creía con tanto fervor.
 Me queda de aquellos días lejanos la sublime voz de María Callas. Cuando de noche miro la Luna comienza a sonar en mi cabeza “Casta Diva, che inargenti queste sacre antiche piante…”(**) y siento que la Luna nos da de nuevo a los hombres otra oportunidad.
 (*) Para mis pequeños sobrinos
(**) Casta Diva, que plateas estas sacras antiguas plantas…
(***)Esparce en la tierra esa paz que reinar haces en el cielo…

                                                          Segundo Premio

CON SABOR A MEMBRILLO
Norma Elena Sierralta

            Febrero de 1955. Fin de mes.
            Las mujeres están reunidas en la galería de la finca. Aprovechan la brisa del atardecer que trae alivio a la jornada calurosa. Los niños, estamos en la habitación de los anaqueles, recogiendo el producto de nuestra labor.
            Quince días atrás, como todos los años, llegábamos a la finca de mi abuela. En la puerta, junto a dos criadas, nos esperaban los primos con bolsas de arpilleras y correas. Teníamos que recoger membrillos y leña, para comenzar la tarea para lo que nos había convocada tremenda reunión familiar.
            Mientras los adultos bajaban las bosas de azúcar y otros menesteres, necesarios para la elaboración del dulce de membrillo, nosotros, siete críos bulliciosos, atravesábamos el patio rumbo a la finca.
            La finca era extensa, con árboles frutales de cada estación. Nos ofrecía múltiples opciones para desarrollar nuestra fantasía, mientras recogíamos los membrillos. Entre risas y juegos terminamos de juntar la fruta y la leña. Cansados y hambrientos regresamos a la casa.
            En el patio ya estaba todo dispuesto para empezar la fabricación. En improvisados fogones, las pailas de cobre humeantes, mostraban, unas el líquido dorado del almíbar y otras el agua hirviendo. Sin duda el patio era el escenario obligado para el desarrollo, que para los adultos era trabajo, para los chicos aventura.
            Como no queríamos perdernos nada, no había tiempo para dormir la siesta. Las mujeres en estas circunstancias, eran más permisivas. Después de almorzar nos dejaban ir a refrescarnos en la acequia de riego que rodeaba la finca. Por supuesto, acompañados por Nora, la criada de dieciséis años, que estaba asignada al cuidado, sobre todo de los bebés. Mientras chapoteábamos en el agua, la muchacha metía los pies en ella. A los lejos se escuchaba un silbido, la joven se levantaba sigilosamente y desaparecía. Nosotros estábamos esperando este momento. Rápidamente salíamos de la acequia y seguíamos sus pasos. Escondidos detrás de los arbustos, observábamos la escena. Nora y Francisco, el peón que trabajaba en la finca, charlaban abrazados y mirándose a los ojos. Cuando Francisco la acercaba más a su cuerpo e intentaba darle un beso, con malicia estallábamos de risa. De un salto se separaban. Corríamos de vuelta al agua. Luego llegaba Nora, mirando el suelo y con el rostro encendido. Era nuestro secreto.
            Por la tarde se empezaba con la tarea concreta. En tanto las criadas pelaban los membrillos cocidos, los niños debíamos pasarlo por el cedazo. _Las cáscaras y el corazón de la fruta, no se tira. Sirve para hacer jalea_ decía mi abuela. Efectivamente, se tiraban en las pailas de almíbar y se dejaban cocinar hasta que se formaba un líquido transparente y viscoso. Era la jalea. Se colaba y colocaba en frascos. La pulpa triturada en el cedazo, era para el dulce y la mermelada.
            En los días siguientes, se echaba la pulpa en almíbar. Pero necesitaba estar más atentos. Había que revolver constantemente. _Para que no se queme ni se pegue_ decía la tía Haydée. Las mujeres lo hacían, equipadas con largos palos de retama y los primos corríamos a la finca a juntar hojas de naranjo.
            Cuando se terminaba de cocinar el dulce o la mermelada, al primero los colocaban en moldes cuadrados, cubriéndolos de almíbar y azúcar impalpable; a la mermelada en frascos sellados. El resto, era nuestra tarea. Armados con cucharas de madera, raspábamos las pailas y volcábamos el producto sobre las hojas de naranjo, doblándolas cuidadosamente. Los moldes eran acomodados en anaqueles, hasta que se secaban. En los espacios que sobraban, distribuíamos nuestras obras de arte.
            Así, entre juegos, bolsas de arpilleras y cuerdas, membrillos y leña, cedazos, acequias, pailas de cobre, almíbares y azúcares, cucharas de madera, hojas de naranjos, anaqueles, llegamos al final. En la galería, las mujeres empiezan el reparto. Mi mamá aparta para la familia, numerosa y voraz, consciente que no llegará al tercer mes. La abuela para su hija y nietos que viven en Tucumán. La tía Haydée, para repartirlo entre las chicas, todas de su edad y con muchos años encima. La tía Chocha, mamá de los primos, para regalarle a sus correligionarios, compañeros de comité y militancia.
            Ajenos a esta discusión, nosotros recogíamos nuestros productos envueltos en las hojas de naranjo. Un pedazo de dulce vuela y se estampa en la pared. Comienza la batalla. Todos contra todos. Los dulces se convierten en proyectiles, que van a parar al techo, la pared, el suelo, nuestros cuerpos cuando no podemos esquivarlos. Es la despedida. Nadie se imagina que es la última vez.






                                                              Tercer Premio

LA MEMORIA USURPADA
Fabiana Teresa Frini

     Despertó, asustada, sin reconocer a la mujer que la habitaba.
     La reencontró en los laberintos de su memoria unos minutos después; entonces comprendió que debía tenderle una zancadilla a la enfermedad que la arrinconaba. Ésa que roba recuerdos, asesina sueños, trastoca tiempos e inventa otras vidas. 
     Pensó, con tristeza, que naufragaría en una existencia que no sería la suya. Decidió pergeñar algunos planes para robarle memorias al olvido.
     En su habitación, sobre la cómoda, tenía las fotografías de la familia. Detrás de cada foto escribió, con letra cursiva bien redonda, como aprendió en la escuela rural, el nombre y lo que más valoraba de cada uno. 
      En esa tarea estaba la tarde en que fui a verla. ¿Qué hacés?, le pregunté y  contestó: —Nada, bobadas de vieja—. Pero ella no daba puntada sin hilo, era una mujer práctica, mi abuela.
     Insistí y frunció los labios, en señal de disgusto tal como lo hacemos mi madre, mi hermana y yo. Un gesto ancestral que nos borda los labios con minúsculas grietas. 
     —Me está robando los recuerdos, pero voy a dar batalla —aseveró como una guerrera en guardia.
     Fue el día en que nació su primera bisnieta.
    —Mirá —dijo, tomando una fotografía—. Somos mi madre, la tuya, tu hermana y yo. Cuatro generaciones con veinte años de diferencia y ahora, llega Camila. Somos fuertes las mujeres de esta familia, nunca lo olvides.
      Han transcurrido diez años desde aquel día.
    Estamos sentadas al borde de la cama y sus manos ajadas se aferran a las mías. Está asustada. No me reconoce y observa las fotografías que nos rodean como si fueran especímenes de un zoológico de extraños. Los nombres nada le dicen porque ya no distingue a hijos, nietos o bisnietos.
    —¿Dónde están? —pregunta, angustiada, por sus padres. Es una niña atrapada en un cuerpo envejecido.
     Quiero hallar las palabras para retener a la mujer que se apaga. Una mujer simple, que no será recordada en los libros, que no fue una luchadora social ni realizó un gran descubrimiento científico. Que se perderá definitivamente cuando no exista quien la recuerde.
     Sólo fue la heroína de su propia historia. Llevó en su sangre el legado de las que la precedieron y nos lo entregó en cada abrazo, palabra y silencio.
    Creció entre sembradíos y lodazales, se enamoró de un gringo más pobre que ella y trabajó a brazo partido, haciendo la mezcla, mientras colocaba, uno sobre otro, los ladrillos de su vida.  
     Parió tres hijos, como se los traía al mundo a mitad del siglo pasado, en su cama y con dolor. No se quejó y tampoco lo hizo cuando la polio invadió su 
vientre y el menor nació herido por el virus maldito. Ni cuando un accidente
absurdo se lo arrebató en plena adolescencia. Se convirtió en la fortaleza donde todos nos refugiamos y en el sostén de ese gringo enorme, cuyos ojos naufragaron en el azul más triste que recuerdo.
     Fue la mujer que abrazó con ternura a la niña que yo era y me habló de los dones de la vida, mientras velaban a otra de sus nietas en la habitación del lado.
     Mi abuela amó a un solo hombre pero nunca criticó nuestros amores. Se aferró al rosario para sobrevivir pero aceptó con gracia nuestro ateísmo. Ella, que siempre voló bajito, se regocijó compartiendo los relatos de nuestros vuelos. Y se atrevió a imaginar otros horizontes, a los setenta años, cuando por primera vez las olas acariciaron sus tobillos.
    Le gustaba charlar hasta la madrugada y traerte la leche a la cama. Jamás olvidaba abrazarte y decir lo mucho que te amaba. Por eso, cuando no logró reconocerme, fui una niña perdida en el páramo. 
     Entonces comencé a reconstruir su legado.
     Invoqué las tardes en que me reveló el secreto de las agujas de tejer; sus manos y pies quemados por el sol de tanto tender ropa en el patio; su andar de diosa, en batón, regando las plantas y alimentando los pájaros; la cadencia cómplice de su voz llamando a Catalina, la tortuga, que la acompañó por décadas. 
     Mi abuela te amaba en cada gesto.
    Hechizó mi infancia con el aroma a pollo al horno y a papas doradas, que despedía su cocina los domingos al mediodía.
    Compartió sus artes culinarias enseñándome a hornear galletas de barro en la siesta serrana.
     Siempre te esperaba con los mates más dulces que me han cebado y  galletitas Boca de Dama, sueltas, para malcriarte.   
     Oros, bastos, copas y espadas cobraron significado en mi niñez durante largas noches donde aprendí a jugar a la escoba de 15 y al chinchón, mientras esperábamos a que mi abuelo regresara de pescar.
     Fue una mujer agradecida.
     Un día, cerca de los ochenta, le confesó a mi padre que, a pesar de las ausencias dolorosas, ella tenía suerte. Compartió el nacimiento de sus bisnietos, les tejió sus primeros escarpines y los vio crecer.
    Vivió en un siglo que arrancó a caballo y terminó galopando por el mundo a través de internet. El vértigo de los cambios la asombraba y la divertía como a una niña frente a su primer juguete.
    Pero por sobre todas las cosas, estaba plena de gracia porque caminó por la vida amando y siendo amada y, eso, decía, es más de lo que muchos tienen. 
     Hoy es una niña extraviada en su locura, frágil e indefensa, hablando bajito para no despertar los temores que la acosan. La abrazo, beso sus cabellos cenizas y le arropo el alma con una canción de cuna. Entonces vislumbró un destello pícaro en sus ojos y, burlándose del usurpador de la memoria, me reconoce y me entrega un último regalo. Su sangre me habla. Me dice:
—No tengas miedo, somos amazonas de la vida. 








Menciones Honoríficas

(Sin orden de mérito)
                                                                                                                          
                                   Balcones con ropa colgada

Luis Aixalá

Como todos los martes, estoy minutos antes de las nueve,  sentado en un banco de la Plaza Libertad, bajo un robusto ciprés cerca de la fuente. Me dedico a hojear sin prisa el diario La Voz y gozo de la amplia vista del paseo y alrededores.
A metros pasa la Avenida Laprida de tránsito liviano y veo frente a mí, la hilera de altos edificios con balcones. Uno de ellos, en el sexto piso, exhibe impúdicamente ropa colgada de una soga
Desde muy joven vengo a esta Plaza a cien metros del colegio en donde cursé el secundario. Muchas veces sus caminos y recodos cobijaron mis alegrías y tristezas en época de exámenes.
En esos días adolescentes, vi crecer y habitarse vertiginosamente los edificios de propiedad horizontal construidas a un costado  de la avenida. Como resultado, aparecieron nuevas caras en las aulas y patios de la escuela.
Como les decía, los martes me dedico a hojear sin prisa La Voz. También a pensar en Silvia, la única mujer que llena plenamente mi vida. Alterno pues, mi lectura fugaz del diario con su evocación. 
De vez en cuando recreo mis ojos por las inmediaciones y termino mirando el balcón con ropa al viento en el edificio del frente. .
Esta mañana, una mujer entrada en años ocupa un extremo del banco en que me hallo. No le presto atención y continúo metido en el diario y en mis pensamientos. En una nueva pausa giro mi cabeza por el entorno, mi mirada se pierde en el verde del paseo, en el tránsito de automóviles de la avenida y regreso a mi banco pasando por el balcón con ropa. La mujer, que ha seguido mi recorrido visual, me interrumpe y dice:
- ¿Vio? ¡Qué mal luce ese edificio con trapos colgados! ¿Qué tipo de gente vivirá en ese departamento? Se diría que vienen de Villa El Nilón ¿No le parece? Si serán caraduras, venir a este barrio coqueto de familias bien… ¿Qué opina Usted?
Y yo, que justamente ahora quería estar solo y tranquilo, deploro que esta vieja me venga a preguntar semejante estupidez. Lo mejor será sacármela de encima cuanto antes.  Entonces me dirijo a ella:
-  Antes de responderle, permítame decir que soy filósofo y, analizando los hechos sobre los cuales usted me consulta, las circunstancias de cómo se presentan y en base a la ciencia que manejo, debo expresarle que tengo dos respuestas para darle. 
La mujer, sorprendida y abochornada, se dispone a escucharme. Yo le largo entonces una andanada de frases que se me van ocurriendo:
- Yo  diría que la respuesta a la primera pregunta,  sería ineludiblemente parcial porque no puedo valorar el tipo de educación, cultura, gustos o estatus económico que gozan los habitantes del departamento en cuestión. La segunda es más polémica: “¿Por qué se lava la ropa y se pone a secar después?”  Es una cuestión que viene de lejos, de la antigüedad. Atavismo, diría, de nuestro devenir.
“Es como repetir una vieja historia. Una sucesión de cosas muy humanas, muy domésticas, y muy vivas. Es como purificar el alma y renacer de nuevo; como si se volviera a la diafanidad, a sentir sensaciones nuevas, a  disfrutar del aroma a limpio de un suavizante voluptuosamente perfumado”. 
“¿Usted rechazaría en la sociedad actual a una persona  que vistiera ropa con olor rancio o viejo, sucio o manchado?  Seguro que sí. Es como si una ley natural nos exigiera renovarnos para seguir gozando momentos felices, de amor, de deseos, de paz, en una atmósfera gratamente respirable por nuestros congéneres.
“En cuanto al lugar en donde se exponen las prendas,  los balcones, ya no lo abarcaría en mi análisis. No le compete a la esencia del ser ni a la naturaleza de las cosas. Yo me remitiría para esto último, a los reglamentos de los consorcios u ordenanzas de la ciudad”.
La mujer, apenas guardo silencio, huye despavorida del lugar. Lo único que puedo oír son palabras entrecortadas: “Se me hizo tarde…” “Me voy Urgente…” “Disculpe por…”
He quedado sólo y no dejo de pensar en Silvia, la mujer que amo, y desespero por estar a su lado.
La invoco y la recuerdo a cada rato y, mientras aguardo paciente, continúo leyendo sin leer, noticias que van y vienen sin importarme en absoluto.
Mientras tanto sigo en contacto permanente con Silvia.  Ella sabe que estoy en esta plaza, en este banco, a la sombra de un robusto ciprés cerca de la fuente de agua y a metros de la Avenida Laprida hojeando un periódico.
Una parejita de enamorados pasa junto a mí  Viste el mismo uniforme que utilicé en la época estudiantil y me dejo ganar por los recuerdos. Un muchacho que juega con un perro blanco se acerca corriendo y me pregunta la hora. Se la doy y continúa su rumbo por la senda.
Miro a mí alrededor: la gente, el paseo, la calle ancha y el balcón sin ropa. Caramba, me digo, ya es hora de marchar.
Doblo el diario, me incorporo y abandono el lugar. Apuro la marcha y dejo la plaza. Antes, tiro en un papelero La Voz y me dispongo a cruzar la avenida.
Voy pensando en Silvia. En sus ojos, en su ensortijada cabellera y en sus labios carnosos que se abrirán a mis besos. Soy feliz y porque en instantes me reuniré con ella.
Como al pasar miro fugazmente el balcón libre de colgajos y sonrío. Sé que el marido de Silvia acaba de partir en un viaje de negocios.





Mi  amiga toba

Laura Molina Sabaini

Hace poco volví a mi pueblo natal. Sus calles me resultaron desconocidas después de tanto tiempo de ausencia.
Tuve curiosidad por ver la casa donde había nacido y me había criado.
En vez de la vieja casona, me desilusioné al encontrar un edificio enorme y feo.
Apresuré el paso para no dejarme invadir por el dolor que me producía la pérdida de ese pedazo de mi infancia.
Al llegar a la esquina, estaba la plazoleta y en medio de ella, intacto, el palo borracho, testigo de los juegos de mi niñez.
Me senté en una de sus raíces retorcidas a descansar mis huesos viejos y doloridos.
Se me presentaron en ese momento, episodios de cuando era niña, olvidados durante tanto tiempo.
Me vi, caminando a la escuela, en plena siesta, luchando con el viento norte chaqueño.
Caliente, áspero, implacable...
Lo sentí de nuevo en mi rostro, dejando en él, grietas de polvo, mientras sus ráfagas desarmaban las tablas almidonadas del delantal.
En una de esas siestas, al llegar a la placita, me sobresaltó una sombra que se movía tras el árbol.
Curiosa, me asomé pensando que me encontraría un perro o un gato, como en otras oportunidades.
Me sorprendí al ver, una indiecita toba, mas o menos de mi edad, que curiosa ella también, me miraba con ojos asustados. Luego salió corriendo y se perdió en un polvoriento callejón.
En los días siguientes la volví a ver, asomando apenas los ojos detrás del tronco.
Me di cuenta que me esperaba.
Le conté a mi mamá de estos encuentros y decidimos que le llevaría un paquetito con comida.
Las primeras veces, se lo dejaba en alguna de las raíces del árbol, porque cuando me acercaba mucho, ella salía corriendo.
Al pasar los días, fue perdiendo el miedo.
Se agazapaba tras el palo borracho y cuando me veía llegar, salía tímidamente de su escondite y aceptaba la comida.
Me obsequiaba pequeñas figuras hechas en barro, las que aún conservo como tesoros valiosos.
Yo le hacia muñecas de trapo y con la complicidad de mamá, las envolvía en polleras y blusas mías, para que pudiera usarlas.
Nunca nos hablamos, sólo intercambiamos sonrisas, pero estoy segura de que disfrutaba esos encuentros igual que yo.
De un día para otro, desapareció.
Mama me consolaba y explicaba: “Hijita, los tobas no se quedan en un sólo lugar mucho tiempo”.
Cerca de fin de clase, una de esas siestas calientes y ventosas, la volví a ver.
Me acerqué a saludarla y la encontré acurrucada entre las raíces. Tenía un bultito en su regazo.
Al verme, la cara se le iluminó.
Abrió los trapos. Un bebé pequeñito y arrugado se movía entre sus brazos.
Ante mi asombro, ella lo prendió al pecho para amamantarlo.
Luego, me sonrío y partió con su hijito.
Nunca más la vi.
A ella, la tragó el monte. A mí, la escuela…



                       
                                                          
                                                                               Aquella foto sepia

Carlos Alberto Zappegno


Cuando terminaba mi enésimo cigarrillo, agobiado por la sospecha de que mi matrimonio estaba llegando a su fin, entró el cadete y me dijo:
-Hola Mili,  te llama el viejo y me parece que no está en su mejor día- mientras, me entregaba un sobre de papel madera a mi nombre que sin abrir, dejé sobre el escritorio y fui hacia la Dirección.
Crucé el Salón principal y tras golpear la puerta del despacho, escuché el consabido “adelante” con que habitualmente nos recibía el director sentado en un ampuloso sillón de cuero.-
Señaló con su mano izquierda el  asiento frente a su escritorio y dijo:
- Siéntate Emilio. Tenemos que hablar sobre el editorial de mañana…. se va a aprobar la ley de amnistía para todos los presos que, teniendo buena conducta, les falte menos de dos años para cumplir su condena. Quiero que escribas un texto que, sin rendir pleitesía pues  el horno no está para bollos, destaque la faz humanitaria de la medida que, mientras brinda una oportunidad a quienes alguna vez erraron el camino, va a representar una  buena economía para el pais.-
-Tiene Ud. razón licenciado – respondí sin disimular mi molestia-. El horno no está para bollos, y por eso me parece inoportuno elogiar la ley. Recuerde que el mes pasado, esos legisladores que hoy descubren la crisis,  se aumentaron la dieta en una medida que criticó todo el país, menos este diario. La gente está harta del gatopardismo; quiere un diario con huevos, jugado, que interprete su impotencia. Madrid está en llamas y nosotros miramos para otro lado, elogiando una medida que la sociedad no va a compartir. Vamos de contramano con la gente que quiere a los delincuentes presos-, concluí.
- Otra vez  has olvidado nuestro lema: “Informar sin formar ni deformar” –me respondió-. Nuestra línea editorial ha sido siempre objetiva y nunca servirá para formar opinión. No somos un pasquín politizado y por lo tanto no opinamos sobre los actos de gobierno. Solo los informamos… Pero en este caso, como en algunos otros, lo que resaltaremos es la faz humanista de la medida. Y eso, más que un elogio, representa la adhesión a un acto de profundo contenido social.  Por otra parte y aunque no tenga relación, es bueno no olvidar que gracias a la publicidad oficial este periódico existe. ¡El editorial sale con el lineamiento que te acabo de esbozar y no se habla más!  Vete a trabajar y hazlo aplacando tus pasiones populistas. Debes lucirte sin comprometer el perfil de la Empresa – concluyó mientras golpeaba el escritorio con el puño cerrado.
Me quedé callado, buscando fuerzas que no tenía para abstenerme de mandarlo a él, su diario y su lema a la misma mierda y escupirle en la cara que era un viejo cagón y coimero.
 Pero también pensé que si cuando me redujeron el sueldo, mi matrimonio entró  en crisis por los reproches de Laura, un despido lo terminaría de fulminar.
De un tiempo venía notando en ella una actitud evasiva, un distanciamiento y frialdad tal que anunciaban un desenlace inminente. Y después de 30 años de matrimonio, no me imaginaba la vida sin ella.  Ni que decir si además era despedido de mi trabajo de toda la vida. Se me vaciaría el mundo y no sabría qué hacer.
Creo que solo por eso toleré la reducción del sueldo, los aprietes del director y los reproches de Laura. ¡El cagón era yo! 
Sintiéndome entre dos fuegos, llegué a mi oficina. Un ambiente cerrado con una mampara de madera y  vidrios opacos. En la cara opuesta, una ventana daba al patio. El olor a tabaco viejo inundaba el ambiente. Las paredes, que alguna vez fueron celestes, fueron destiñendo a un gris indefinido y mustio, lo que esa tarde sirvió para agravar  mi depresión
 Mi escritorio, a la derecha de la entrada, estaba invadido por la compu, los diarios de días anteriores, tres pocillos vacíos, un cenicero repleto de colillas malolientes y una antigua lámpara, que relegados a un rincón, ocupaban el escaso espacio libre. Al frente un reloj de pared, rodeado de mil recortes pegados, conformaban lo que pomposamente llamaba “mi despacho”.
Pasé un rato sentado, fumando, sin apretar una tecla. Una vez más, me sentía un pusilánime, un mercenario, que por cinco duros, vendía su alma al diablo.
 Allí  me percaté de la existencia del sobre de papel madera. Pensé que sería uno de los tantos partes de prensa, por lo que indiferente rompí la solapa y saqué su contenido. Al verlo, se me detuvo el corazón! Era de Laura: Había una hoja de cuaderno doblada y dentro de ella aquella  foto en blanco y negro, ya sepia, que nos sacamos una tarde de festejo por la llegada de la primavera.
Los dos descaradamente jóvenes: ella vestía un suéter de banlon blanco, una amplia falda y chatitas del mismo color. El cabello negro y brillante, contenido con una vincha también blanca.
Yo, con larga melena, hoy ausente,  jeans botamanga ancha, camisa floreada de mangas largas y tenis blancas. Ambos sentados en el césped, abrazados y radiantes.
Además, venía amarillenta pero intacta –como que se había conservado entre las hojas de un libro-, una vieja servilleta del bar de la facultad, en la que esa tarde le escribí un acróstico hecho con su nombre:
La vida renació bella  y radiante
Acabó por fin la oscuridad.
Una luz alba regó la pradera,
Resplandeciente,  el sol volvió a reinar,
Amaneció porque llegaste tú
Al releerla, no pude menos que ensayar una nostálgica sonrisa. Cuanto candor!, cuanta simpleza!, que elemental poesía!,  pero que rico era para mi recuerdo aquel garabato, firmado con mi nombre envuelto en un corazón.-
Junto a la  foto y la carta había una esquela,  escrita con la letra redondita y prolija de Laura, que simplemente decía: “no me pidas explicación porque no la tengo. No me busques. Adiós..Laura”.
Me quedé un rato inmóvil, mirando la servilleta, pensando que sería de mí sin Laura, pero comprendiendo su actitud. Realmente me había portado como un pusilánime, me había dejado humillar por miedo al futuro, y por esa cobardía, mi futuro ahora aparecía sombrío.
Pero por otra parte, también sentí que Laura no me comprendió a mí. Me pareció que ella debió pensar en mi edad y en el desempleo. Ella quería un imposible: que me hiciera respetar, pero sin pensar en que sucedería si, por defender mis derechos, me quedaba sin empleo.
 O sea: el matrimonio moría de cualquier forma: si protestaba y me despedían, moría por falta de recursos. Y si no protestaba, moría porque yo era un cobarde.
Al advertirlo, inesperadamente me sentí bien. Había tolerado todo por Laura. Ahora, ya libre de esa presión, perdidoso al fin, nada me importaba.
 Entonces comencé, frenético, a escribir el editorial, con toda la bronca contenida. Denuncié con precisión cada uno de los chanchullos que conocía, la fecha, nombre y apellido. Terminé en paz. Luego escribí el editorial pedido. Lo hice obsecuente y servil, exaltando el rol humanitario del gobierno y se lo llevé al dire que lo aprobó de inmediato, alabando mi capacidad profesional.
Cerca de la medianoche, cuando faltaban minutos para el cierre y ya el dire se había retirado, me presenté en la oficina del joven corrector y ejerciendo la autoridad que me daban el cargo y los años, retiré el editorial aprobado y ordené publicar el otro.
Feliz volví a mi oficina, junté mis pertenencias,  las puse en una caja y  tranquilo me retiré.
Ahora estoy en el bar de la esquina, presto a disfrutar, por primera vez en años, de una buena cena, bien regada con un grueso vino tinto y libre del malestar que me cerraba el estómago. Voy a tratar de acomodar mi nueva vida sin Laura ni empleo, mientras espero la salida del diario.
Me estoy imaginando la cara del coimero y la de sus mecenas cuando lean el editorial.
Y en especial, no puedo evitar pensar en el futuro del diario y su director y su lema:  “objetivo y apolítico,  que informa, sin  formar ni deformar”.