Ganadores Concurso Zeler-Kraut
Vivencias 2012
Primer Premio
LUNA DEL ‘69
Fulbio Augusto Rottaris
I
Mi padre murió
convencido de que el hombre no había llegado a la Luna. Para justificar su
certidumbre no empleaba argumentos
sesudos ni extravagantes, simplemente decía que la Luna era una eterna fuente de
inspiración poética; que representaba para los hombres el umbral más próximo al
misterio del Cosmos, el primer peldaño hacia las estrellas inmutables. Muchos
años después, encontré esos asertos en las filosofías de Pitágoras y Platón.
Hay verdades
inmarcesibles que se intuyen con el corazón más eficazmente de lo que el
cerebro puede aprender o descubrir por la lectura. Mi padre nunca leyó a los
platónicos pero sostenía con firmeza aunque sin presuntuosidad, que la Naturaleza
había interpuesto infranqueables fronteras a la fría curiosidad analítica y que
sólo se prodigaba generosa a quienes se acercaban a ella con respeto y
humildad. De allí que los artistas comprendían más hondamente al Cosmos que los
técnicos que basaban sus argumentos en números fríos y lógicas artificiales.
Para mi padre sólo los artistas entendían el Universo, sean éstos poetas,
músicos, pintores o artesanos como él.
II
De niño yo escuchaba
arias de ópera a través de discos que mi padre reproducía en un antiguo combinado
a válvulas (aunque era a válvula, el aparato tenía una fidelidad que según mi
papá los transistores nunca podrían alcanzar). Los registros de pasta, frágiles
y pesados y los más nuevos de vinilo constituían un preciado tesoro que mi
padre guardaba celosamente con llave en un armario. Los discos giraban
vertiginosos, las voces y la orquesta escapaban de su cárcel circular, en
alocada fuerza centrífuga a 78 revoluciones por minuto. Recuerdo que una vez,
con el reloj despertador de mamá para controlar el tiempo, jugamos con mi
hermana a ver quién daba 78 vueltas seguidas en el menor tiempo posible,
canturreando el brindis de La Traviata sin marearse. Terminamos los dos en el
suelo y con el reloj roto por la caída.
III
Las pocas veces
que llegaban los envíos de “Zio Angelo”
desde Estados Unidos, la casa entraba en una atmósfera de ansiedad y expectación.
Luego de retirar con cuidado los sellos postales para mi hermano mayor que los
coleccionaba, mamá abría el envoltorio con cuidado y separaba el paquete con
los discos al aguardo de la llegada de papá del taller de ebanistería. Dejaba
el resto de la remesa a mi hermana. De la caja extraía cartas, fotografías,
folletos de la NASA, diarios en italiano y muchas golosinas “per i miei piccoli nepoti”(*), según rezaba la nota escrita a máquina
en invariable tinta roja.
Aunque mi padre
apreciaba la generosidad de su hermano Angelo por molestarse en enviar las más
exquisitas joyas discográficas del arte lírico que se podían comprar en Nueva
York, sus favoritos eran los discos de ópera de RCA Victor. Viejos discos de
pasta con una etiqueta central roja o azul con letras doradas y con la imagen
del perrito frente al gramófono. En mi fantasía infantil creía que los cantantes vivían dentro de esa enorme galleta
negra, que respiraban por el agujero
central y que no se animaban a salir porque tenían miedo que el perro de la
etiqueta los mordiese. Las voces de Claudia Muzio, Enrico Caruso, Titta Ruffo y
otros que ya no recuerdo emergían de los grandes parlantes con un persistente
ruido a púa que yo atribuía a la sal del océano Atlántico por donde navegaba el
barco que los traía desde Nueva York, sal que, según yo creía, se pegaba a los
surcos iridiscentes del disco.
IV
A
veces, en noches de luna, con la solemnidad de un ritual, papá sacaba del
armario -como el sacerdote extrae del sagrario la Hostia- el disco más
venerable de todos, el más sagrado. Lo colocaba con unción sobre el plato
giradiscos y ajustaba el volumen. Una introducción de violines se balanceaba
por las sombras de la noche, luego una flauta dulcísima descorría el último
velo, entonces emergía lenta y suave la más humana y divina de las voces. María
Callas comenzaba su súplica a la Luna: “Casta Diva, che inargenti queste sacre antiche piante…”(**)
En la película El Perro Andaluz,
una nube atraviesa la Luna mientras una navaja corta el ojo de una muchacha en
la Tierra. La plegaria de Norma como espada de dos filos descorría la velada
faz de la luna y sobrevolaba la atmósfera del
humilde hogar de un ebanista italiano lejos de su patria. Mágicamente aparecía
un ángel sonoro cuyas alas acariciaba el corazón y hacía brotar lágrimas de
emoción y gratitud.
V
Como los niños de esa época, yo seguía con
avidez la carrera espacial entre EE.UU y la U.R.S.S. Antes de hacer la tarea me
juntaba con Basilio, un chico de mi edad, hijo del “ruso Burijovsky”, un
ucraniano tallista que trabajaba con mi papá en el taller. Basilio compartía mi
entusiasmo por el Cosmos. Después de hacer la tarea me iba con él a la plaza a
jugar a la pelota o a intercambiar recortes y figuritas sobre la conquista del
espacio.
Con indisimulada jactancia restregaba en la
cara a Basilio los folletines a todo color de la NASA que el Tío Angelo me enviaba
con detalles de la Misión Apollo. Mi amigo soportaba mansamente la humillación;
con timidez desenrollaba ajados recortes
del Pravda con desvaídas ilustraciones en blanco y negro, escritas en el inextricable
alfabeto ruso sobre el Programa Lunik. Con altanería, casi gritando le decía
que esas fotos eran horribles, que las naves Lunik no iban tripuladas, que era
pura chatarra inservible, que los rusos jamás pisarían la luna. Ante mi burla, Basilio con lágrimas de rabia
replicaba que los soviéticos lanzaron el primer satélite artificial, pusieron
el primer ser humano, Yuri Gagarin, en órbita; que fueron los primeros en
fotografiar la cara oculta de la luna y que Valentina Tereshkova fue la primera
mujer astronauta. Más argumentos me lanzaba y más me empeñaba yo en insistir
que Apollo XI llegaría a poner el primer hombre en la Luna. El enojo de Basilio
duraba lo que tardaba yo en convidarle con los chicles del Tío Angelo que
hábilmente sustraía del sitio donde los escondía mi madre porque, decía, “te
vas a tragar el chicle y se te va a pegar en el estómago”. Mi amigo los
aceptaba gustoso y cambiábamos de tema. Cuando no hablábamos de chicas o de
fútbol, mirábamos la luna echados boca arriba sobre el pasto de la plaza con la
emoción de la inminencia. Intuíamos que algo histórico estaba por suceder allá.
VI
La noche del Cordobazo, encontró a la ciudad
sin luz eléctrica. Sólo el fuego de las barricadas en las esquinas y la luz
intemporal de la Luna se abrían paso en la tiniebla de la indignación, la
confusión, la ira y el miedo. Mi hermano mayor había acompañado a su novia a la
movilización estudiantil. La chica fue metida en un furgón policial y él se hizo arrestar para no
dejarla sola. Mi padre recorrió varias comisarías, hasta que se acordó de un
cliente que era funcionario policial de menor rango y se le ocurrió pedirle ayuda.
Antes del amanecer del 30 de mayo, mi hermano ya estaba durmiendo en casa.
(Bien caro le salió a mi padre la “gauchada” del policía, pues le tuvo que
hacer un juego de comedor gratis).
Mientras mi padre deambulaba por los sórdidos
recintos policiales, me asaltó una incontenible avidez de escuchar Casta Diva.
La noche era propicia porque aquí abajo todo era caos, disparos errantes,
amenazas de represalias del ejército; pero allá en el alto cielo, la pálida
Luna observaba impasible cómo los violentos hijos de la Tierra se despedazaban.
Le rogué a mi madre que sacara el venerable
disco de María Callas del armario (ella sabía dónde papá guardaba la llave) y
que no llorara más, que confiara en que papá traería a mi hermano a casa.
Sobre el trágico marco sonoro de gritos
lejanos y disparos furtivos, la plegaria de Norma se elevó imponente hacia el
astro ceniciento. Parecía que por toda la Tierra resonaba la imprecación de la
sacerdotisa:“spargi in terra quella pace che regnar tu
fai nel ciel...”(***). Acaso en ese mismo instante la Luna
dejaba caer una lágrima de paz sobre Praga, Saigón,
París o Córdoba.
VII
Esos días de julio, una expectativa planetaria
desplazaba el foco de atención de la opinión pública hacia la Luna dejando los
conflictos mundiales momentáneamente en un segundo plano.
Estábamos mi padre, el ruso Burijovsky,
Basilio y yo tomando el mate cocido en el taller. “Todo esto es una patraña. El
hombre no puede ir a la Luna. Sería una profanación. Estos farsantes quieren
llevar la Guerra Fría al espacio. Nixon y Brezhnev son unos miserables”, decía
papá, en un aceptable castellano. Burijovsky sonreía y comentaba en voz baja “Gringo,
tenés razón; Brezhnev es un (…)”, lanzando en voz alta un insulto en ucraniano
que no es necesario traducir, y agregaba “La verdad es que los tipos esos de
Moscú, son unos sucios burócratas, no son comunistas; yo
sí. Por eso los camaradas me mandan el Pravda, porque saben que yo soy fiel al
Partido y a Lenin.”
VIII
Pasó el tiempo, mi padre murió sin volver a ver a Tío Angelo. El ruso
Burijovsky se volvió a Ucrania luego de que a Basilio se lo llevaran a La Perla
y que nunca más se supiera de él. Mi hermano no corrió igual suerte porque se
marchó a Italia antes del Golpe.
Hoy es discutible que los yanquis hayan pisado
la Luna. No soy tan tajante como mi padre, pero ahora dudo de lo que en mi
niñez creía con tanto fervor.
Me queda de aquellos días lejanos la sublime
voz de María Callas. Cuando de noche miro la Luna comienza a sonar en mi cabeza
“Casta
Diva, che inargenti queste sacre antiche piante…”(**) y siento que
la Luna nos da de nuevo a los hombres otra oportunidad.
(*) Para
mis pequeños sobrinos
(**) Casta Diva, que plateas estas sacras
antiguas plantas…
(***)Esparce en la
tierra esa paz que reinar haces en el cielo…
Segundo Premio
CON
SABOR A MEMBRILLO
Norma
Elena Sierralta
Febrero de 1955. Fin de mes.
Las mujeres están reunidas en la
galería de la finca. Aprovechan la brisa del atardecer que trae alivio a la
jornada calurosa. Los niños, estamos en la habitación de los anaqueles,
recogiendo el producto de nuestra labor.
Quince días atrás, como todos los
años, llegábamos a la finca de mi abuela. En la puerta, junto a dos criadas,
nos esperaban los primos con bolsas de arpilleras y correas. Teníamos que
recoger membrillos y leña, para comenzar la tarea para lo que nos había
convocada tremenda reunión familiar.
Mientras los adultos bajaban las
bosas de azúcar y otros menesteres, necesarios para la elaboración del dulce de
membrillo, nosotros, siete críos bulliciosos, atravesábamos el patio rumbo a la
finca.
La finca era extensa, con árboles
frutales de cada estación. Nos ofrecía múltiples opciones para desarrollar
nuestra fantasía, mientras recogíamos los membrillos. Entre risas y juegos
terminamos de juntar la fruta y la leña. Cansados y hambrientos regresamos a la
casa.
En el patio ya estaba todo dispuesto
para empezar la fabricación. En improvisados fogones, las pailas de cobre
humeantes, mostraban, unas el líquido dorado del almíbar y otras el agua
hirviendo. Sin duda el patio era el escenario obligado para el desarrollo, que
para los adultos era trabajo, para los chicos aventura.
Como no queríamos perdernos nada, no
había tiempo para dormir la siesta. Las mujeres en estas circunstancias, eran
más permisivas. Después de almorzar nos dejaban ir a refrescarnos en la acequia
de riego que rodeaba la finca. Por supuesto, acompañados por Nora, la criada de
dieciséis años, que estaba asignada al cuidado, sobre todo de los bebés.
Mientras chapoteábamos en el agua, la muchacha metía los pies en ella. A los
lejos se escuchaba un silbido, la joven se levantaba sigilosamente y
desaparecía. Nosotros estábamos esperando este momento. Rápidamente salíamos de
la acequia y seguíamos sus pasos. Escondidos detrás de los arbustos,
observábamos la escena. Nora y Francisco, el peón que trabajaba en la finca,
charlaban abrazados y mirándose a los ojos. Cuando Francisco la acercaba más a
su cuerpo e intentaba darle un beso, con malicia estallábamos de risa. De un
salto se separaban. Corríamos de vuelta al agua. Luego llegaba Nora, mirando el
suelo y con el rostro encendido. Era nuestro secreto.
Por la tarde se empezaba con la
tarea concreta. En tanto las criadas pelaban los membrillos cocidos, los niños
debíamos pasarlo por el cedazo. _Las cáscaras y el corazón de la fruta, no se
tira. Sirve para hacer jalea_ decía mi abuela. Efectivamente, se tiraban en las
pailas de almíbar y se dejaban cocinar hasta que se formaba un líquido transparente
y viscoso. Era la jalea. Se colaba y colocaba en frascos. La pulpa triturada en
el cedazo, era para el dulce y la mermelada.
En los días siguientes, se echaba la
pulpa en almíbar. Pero necesitaba estar más atentos. Había que revolver
constantemente. _Para que no se queme ni se pegue_ decía la tía Haydée. Las
mujeres lo hacían, equipadas con largos palos de retama y los primos corríamos
a la finca a juntar hojas de naranjo.
Cuando se terminaba de cocinar el
dulce o la mermelada, al primero los colocaban en moldes cuadrados,
cubriéndolos de almíbar y azúcar impalpable; a la mermelada en frascos
sellados. El resto, era nuestra tarea. Armados con cucharas de madera,
raspábamos las pailas y volcábamos el producto sobre las hojas de naranjo,
doblándolas cuidadosamente. Los moldes eran acomodados en anaqueles, hasta que
se secaban. En los espacios que sobraban, distribuíamos nuestras obras de arte.
Así, entre juegos, bolsas de
arpilleras y cuerdas, membrillos y leña, cedazos, acequias, pailas de cobre, almíbares
y azúcares, cucharas de madera, hojas de naranjos, anaqueles, llegamos al
final. En la galería, las mujeres empiezan el reparto. Mi mamá aparta para la
familia, numerosa y voraz, consciente que no llegará al tercer mes. La abuela
para su hija y nietos que viven en Tucumán. La tía Haydée, para repartirlo
entre las chicas, todas de su edad y con muchos años encima. La tía Chocha,
mamá de los primos, para regalarle a sus correligionarios, compañeros de comité
y militancia.
Ajenos a esta discusión, nosotros
recogíamos nuestros productos envueltos en las hojas de naranjo. Un pedazo de
dulce vuela y se estampa en la pared. Comienza la batalla. Todos contra todos.
Los dulces se convierten en proyectiles, que van a parar al techo, la pared, el
suelo, nuestros cuerpos cuando no podemos esquivarlos. Es la despedida. Nadie
se imagina que es la última vez.
Tercer
Premio
LA
MEMORIA USURPADA
Fabiana
Teresa Frini
Despertó, asustada, sin reconocer a la
mujer que la habitaba.
La reencontró en los laberintos de su
memoria unos minutos después; entonces comprendió que debía tenderle una
zancadilla a la enfermedad que la arrinconaba. Ésa que roba recuerdos, asesina
sueños, trastoca tiempos e inventa otras vidas.
Pensó, con tristeza, que naufragaría en
una existencia que no sería la suya. Decidió pergeñar algunos planes para
robarle memorias al olvido.
En su habitación, sobre la cómoda, tenía
las fotografías de la familia. Detrás de cada foto escribió, con letra cursiva
bien redonda, como aprendió en la escuela rural, el nombre y lo que más
valoraba de cada uno.
En esa tarea estaba la tarde en que fui a
verla. ¿Qué hacés?, le pregunté y
contestó: —Nada, bobadas de vieja—. Pero ella no daba puntada sin hilo,
era una mujer práctica, mi abuela.
Insistí y frunció los labios, en señal de
disgusto tal como lo hacemos mi madre, mi hermana y yo. Un gesto ancestral que
nos borda los labios con minúsculas grietas.
—Me está robando los recuerdos, pero voy a
dar batalla —aseveró como una guerrera en guardia.
Fue el día en que nació su primera
bisnieta.
—Mirá —dijo, tomando una fotografía—. Somos
mi madre, la tuya, tu hermana y yo. Cuatro generaciones con veinte años de
diferencia y ahora, llega Camila. Somos fuertes las mujeres de esta familia,
nunca lo olvides.
Han transcurrido diez años desde aquel
día.
Estamos sentadas al borde de la cama y sus
manos ajadas se aferran a las mías. Está asustada. No me reconoce y observa las
fotografías que nos rodean como si fueran especímenes de un zoológico de
extraños. Los nombres nada le dicen porque ya no distingue a hijos, nietos o
bisnietos.
—¿Dónde están? —pregunta, angustiada, por
sus padres. Es una niña atrapada en un cuerpo envejecido.
Quiero hallar las palabras para retener a
la mujer que se apaga. Una mujer simple, que no será recordada en los libros,
que no fue una luchadora social ni realizó un gran descubrimiento científico.
Que se perderá definitivamente cuando no exista quien la recuerde.
Sólo
fue la heroína de su propia historia. Llevó en su sangre el legado de las que
la precedieron y nos lo entregó en cada abrazo, palabra y silencio.
Creció entre sembradíos y lodazales, se
enamoró de un gringo más pobre que ella y trabajó a brazo partido, haciendo la
mezcla, mientras colocaba, uno sobre otro, los ladrillos de su vida.
Parió tres hijos, como se los traía al
mundo a mitad del siglo pasado, en su cama y con dolor. No se quejó y tampoco
lo hizo cuando la polio invadió su
vientre
y el menor nació herido por el virus maldito. Ni cuando un accidente
absurdo
se lo arrebató en plena adolescencia. Se convirtió en la fortaleza donde todos
nos refugiamos y en el sostén de ese gringo enorme, cuyos ojos naufragaron en
el azul más triste que recuerdo.
Fue la mujer que abrazó con ternura a la
niña que yo era y me habló de los dones de la vida, mientras velaban a otra de
sus nietas en la habitación del lado.
Mi abuela amó a un solo hombre pero nunca
criticó nuestros amores. Se aferró al rosario para sobrevivir pero aceptó con
gracia nuestro ateísmo. Ella, que siempre voló bajito, se regocijó compartiendo
los relatos de nuestros vuelos. Y se atrevió a imaginar otros horizontes, a los
setenta años, cuando por primera vez las olas acariciaron sus tobillos.
Le gustaba charlar hasta la madrugada y
traerte la leche a la cama. Jamás olvidaba abrazarte y decir lo mucho que te
amaba. Por eso, cuando no logró reconocerme, fui una niña perdida en el páramo.
Entonces comencé a reconstruir su legado.
Invoqué las tardes en que me reveló el
secreto de las agujas de tejer; sus manos y pies quemados por el sol de tanto
tender ropa en el patio; su andar de diosa, en batón, regando las plantas y
alimentando los pájaros; la cadencia cómplice de su voz llamando a Catalina, la
tortuga, que la acompañó por décadas.
Mi abuela te amaba en cada gesto.
Hechizó mi infancia con el aroma a pollo al
horno y a papas doradas, que despedía su cocina los domingos al mediodía.
Compartió sus artes
culinarias enseñándome a hornear galletas de barro en la siesta serrana.
Siempre te esperaba con los mates más
dulces que me han cebado y galletitas
Boca de Dama, sueltas, para malcriarte.
Oros, bastos, copas y espadas cobraron significado
en mi niñez durante largas noches donde aprendí a jugar a la escoba de 15 y al
chinchón, mientras esperábamos a que mi abuelo regresara de pescar.
Fue una mujer agradecida.
Un día, cerca de los ochenta, le confesó a
mi padre que, a pesar de las ausencias dolorosas, ella tenía suerte. Compartió
el nacimiento de sus bisnietos, les tejió sus primeros escarpines y los vio
crecer.
Vivió en un siglo que arrancó a caballo y
terminó galopando por el mundo a través de internet. El vértigo de los cambios
la asombraba y la divertía como a una niña frente a su primer juguete.
Pero por sobre todas las cosas, estaba
plena de gracia porque caminó por la vida amando y siendo amada y, eso, decía,
es más de lo que muchos tienen.
Hoy es una niña extraviada en su locura,
frágil e indefensa, hablando bajito para no despertar los temores que la
acosan. La abrazo, beso sus cabellos cenizas y le arropo el alma con una
canción de cuna. Entonces vislumbró un destello pícaro en sus ojos y, burlándose
del usurpador de la memoria, me reconoce y me entrega un último regalo. Su
sangre me habla. Me dice:
—No
tengas miedo, somos amazonas de la vida.
Menciones
Honoríficas
(Sin orden de
mérito)
Balcones con ropa colgada
Luis Aixalá
Como todos los martes, estoy minutos antes
de las nueve, sentado en un banco de la
Plaza Libertad, bajo un robusto ciprés cerca de la fuente. Me dedico a hojear
sin prisa el diario La Voz y gozo de la amplia vista del paseo y alrededores.
A metros pasa la Avenida Laprida de
tránsito liviano y veo frente a mí, la hilera de altos edificios con balcones.
Uno de ellos, en el sexto piso, exhibe impúdicamente ropa colgada de una soga
Desde muy joven vengo a esta Plaza a cien
metros del colegio en donde cursé el secundario. Muchas veces sus caminos y
recodos cobijaron mis alegrías y tristezas en época de exámenes.
En esos días adolescentes, vi crecer y
habitarse vertiginosamente los edificios de propiedad horizontal construidas a
un costado de la avenida. Como
resultado, aparecieron nuevas caras en las aulas y patios de la escuela.
Como les decía, los martes me dedico a
hojear sin prisa La Voz. También a pensar en Silvia, la única mujer que llena
plenamente mi vida. Alterno pues, mi lectura fugaz del diario con su
evocación.
De vez en cuando recreo mis ojos por las
inmediaciones y termino mirando el balcón con ropa al viento en el edificio del
frente. .
Esta mañana, una mujer entrada en años
ocupa un extremo del banco en que me hallo. No le presto atención y continúo
metido en el diario y en mis pensamientos. En una nueva pausa giro mi cabeza
por el entorno, mi mirada se pierde en el verde del paseo, en el tránsito de
automóviles de la avenida y regreso a mi banco pasando por el balcón con ropa.
La mujer, que ha seguido mi recorrido visual, me interrumpe y dice:
- ¿Vio? ¡Qué mal luce ese edificio con
trapos colgados! ¿Qué tipo de gente vivirá en ese departamento? Se diría que
vienen de Villa El Nilón ¿No le parece? Si serán caraduras, venir a este barrio
coqueto de familias bien… ¿Qué opina Usted?
Y yo, que justamente ahora quería estar
solo y tranquilo, deploro que esta vieja me venga a preguntar semejante
estupidez. Lo mejor será sacármela de encima cuanto antes. Entonces me dirijo a ella:
-
Antes de responderle, permítame decir que soy filósofo y, analizando los
hechos sobre los cuales usted me consulta, las circunstancias de cómo se
presentan y en base a la ciencia que manejo, debo expresarle que tengo dos
respuestas para darle.
La mujer, sorprendida y abochornada, se
dispone a escucharme. Yo le largo entonces una andanada de frases que se me van
ocurriendo:
- Yo
diría que la respuesta a la primera pregunta, sería ineludiblemente parcial porque no puedo
valorar el tipo de educación, cultura, gustos o estatus económico que gozan los
habitantes del departamento en cuestión. La segunda es más polémica: “¿Por qué
se lava la ropa y se pone a secar después?”
Es una cuestión que viene de lejos, de la antigüedad. Atavismo, diría,
de nuestro devenir.
“Es como repetir una vieja historia. Una
sucesión de cosas muy humanas, muy domésticas, y muy vivas. Es como purificar
el alma y renacer de nuevo; como si se volviera a la diafanidad, a sentir
sensaciones nuevas, a disfrutar del
aroma a limpio de un suavizante voluptuosamente perfumado”.
“¿Usted rechazaría en la sociedad actual a
una persona que vistiera ropa con olor
rancio o viejo, sucio o manchado? Seguro
que sí. Es como si una ley natural nos exigiera renovarnos para seguir gozando
momentos felices, de amor, de deseos, de paz, en una atmósfera gratamente
respirable por nuestros congéneres.
“En cuanto al lugar en donde se exponen las
prendas, los balcones, ya no lo
abarcaría en mi análisis. No le compete a la esencia del ser ni a la naturaleza
de las cosas. Yo me remitiría para esto último, a los reglamentos de los
consorcios u ordenanzas de la ciudad”.
La mujer, apenas guardo silencio, huye despavorida
del lugar. Lo único que puedo oír son palabras entrecortadas: “Se me hizo
tarde…” “Me voy Urgente…” “Disculpe por…”
He quedado sólo y no dejo de pensar en
Silvia, la mujer que amo, y desespero por estar a su lado.
La invoco y la recuerdo a cada rato y,
mientras aguardo paciente, continúo leyendo sin leer, noticias que van y vienen
sin importarme en absoluto.
Mientras tanto sigo en contacto permanente
con Silvia. Ella sabe que estoy en esta
plaza, en este banco, a la sombra de un robusto ciprés cerca de la fuente de
agua y a metros de la Avenida Laprida hojeando un periódico.
Una parejita de enamorados pasa junto a
mí Viste el mismo uniforme que utilicé
en la época estudiantil y me dejo ganar por los recuerdos. Un muchacho que
juega con un perro blanco se acerca corriendo y me pregunta la hora. Se la doy
y continúa su rumbo por la senda.
Miro a mí alrededor: la gente, el paseo, la
calle ancha y el balcón sin ropa. Caramba, me digo, ya es hora de marchar.
Doblo el diario, me incorporo y abandono el
lugar. Apuro la marcha y dejo la plaza. Antes, tiro en un papelero La Voz y me
dispongo a cruzar la avenida.
Voy pensando en Silvia. En sus ojos, en su
ensortijada cabellera y en sus labios carnosos que se abrirán a mis besos. Soy
feliz y porque en instantes me reuniré con ella.
Como al pasar miro fugazmente el balcón
libre de colgajos y sonrío. Sé que el marido de Silvia acaba de partir en un
viaje de negocios.
Mi amiga toba
Laura Molina Sabaini
Hace poco volví a mi pueblo natal. Sus calles me resultaron
desconocidas después de tanto tiempo de ausencia.
Tuve curiosidad por ver la casa donde había nacido y me había criado.
En vez de la vieja casona, me desilusioné al encontrar un edificio
enorme y feo.
Apresuré el paso para no dejarme invadir por el dolor que me producía
la pérdida de ese pedazo de mi infancia.
Al llegar a la esquina, estaba la plazoleta y en medio de ella,
intacto, el palo borracho, testigo de los juegos de mi niñez.
Me senté en una de sus raíces retorcidas a descansar mis huesos viejos
y doloridos.
Se me presentaron en ese momento, episodios de cuando era niña,
olvidados durante tanto tiempo.
Me vi, caminando a la escuela, en plena siesta, luchando con el viento
norte chaqueño.
Caliente, áspero, implacable...
Lo sentí de nuevo en mi rostro, dejando en él, grietas de polvo,
mientras sus ráfagas desarmaban las tablas almidonadas del delantal.
En una de esas siestas, al llegar a la placita, me sobresaltó una
sombra que se movía tras el árbol.
Curiosa, me asomé pensando que me encontraría un perro o un gato, como
en otras oportunidades.
Me sorprendí al ver, una indiecita toba, mas o menos de mi edad, que
curiosa ella también, me miraba con ojos asustados. Luego salió corriendo y se
perdió en un polvoriento callejón.
En los días siguientes la volví a ver, asomando apenas los ojos detrás
del tronco.
Me di cuenta que me esperaba.
Le conté a mi mamá de estos encuentros y decidimos que le llevaría un
paquetito con comida.
Las primeras veces, se lo dejaba en alguna de las raíces del árbol,
porque cuando me acercaba mucho, ella salía corriendo.
Al pasar los días, fue perdiendo el miedo.
Se agazapaba tras el palo borracho y cuando me veía llegar, salía
tímidamente de su escondite y aceptaba la comida.
Me obsequiaba pequeñas figuras hechas en barro, las que aún conservo
como tesoros valiosos.
Yo le hacia muñecas de trapo y con la complicidad de mamá, las
envolvía en polleras y blusas mías, para que pudiera usarlas.
Nunca nos hablamos, sólo intercambiamos sonrisas, pero estoy segura de
que disfrutaba esos encuentros igual que yo.
De un día para otro, desapareció.
Mama me consolaba y explicaba: “Hijita, los tobas no se quedan en un
sólo lugar mucho tiempo”.
Cerca de fin de clase, una de esas siestas calientes y ventosas, la
volví a ver.
Me acerqué a saludarla y la encontré acurrucada entre las raíces.
Tenía un bultito en su regazo.
Al verme, la cara se le iluminó.
Abrió los trapos. Un bebé pequeñito y arrugado se movía entre sus
brazos.
Ante mi asombro, ella lo prendió al pecho para amamantarlo.
Luego, me sonrío y partió con su hijito.
Nunca más la vi.
A ella, la tragó el monte. A mí, la escuela…
Aquella foto sepia
Carlos Alberto Zappegno
Cuando terminaba mi enésimo cigarrillo,
agobiado por la sospecha de que mi matrimonio estaba llegando a su fin, entró
el cadete y me dijo:
-Hola Mili,
te llama el viejo y me parece que no está en su mejor día- mientras, me
entregaba un sobre de papel madera a mi nombre que sin abrir, dejé sobre el
escritorio y fui hacia la Dirección.
Crucé el Salón principal y tras golpear la
puerta del despacho, escuché el consabido “adelante” con que habitualmente nos
recibía el director sentado en un ampuloso sillón de cuero.-
Señaló con su mano izquierda el asiento frente a su escritorio y dijo:
- Siéntate Emilio. Tenemos que hablar sobre
el editorial de mañana…. se va a aprobar la ley de amnistía para todos los
presos que, teniendo buena conducta, les falte menos de dos años para cumplir
su condena. Quiero que escribas un texto que, sin rendir pleitesía pues el horno no está para bollos, destaque la faz
humanitaria de la medida que, mientras brinda una oportunidad a quienes alguna
vez erraron el camino, va a representar una
buena economía para el pais.-
-Tiene Ud. razón licenciado – respondí sin
disimular mi molestia-. El horno no está para bollos, y por eso me parece
inoportuno elogiar la ley. Recuerde que el mes pasado, esos legisladores que
hoy descubren la crisis, se aumentaron
la dieta en una medida que criticó todo el país, menos este diario. La gente
está harta del gatopardismo; quiere un diario con huevos, jugado, que
interprete su impotencia. Madrid está en llamas y nosotros miramos para otro
lado, elogiando una medida que la sociedad no va a compartir. Vamos de
contramano con la gente que quiere a los delincuentes presos-, concluí.
- Otra vez
has olvidado nuestro lema: “Informar sin formar ni deformar” –me
respondió-. Nuestra línea editorial ha sido siempre objetiva y nunca servirá
para formar opinión. No somos un pasquín politizado y por lo tanto no opinamos
sobre los actos de gobierno. Solo los informamos… Pero en este caso, como en
algunos otros, lo que resaltaremos es la faz humanista de la medida. Y eso, más
que un elogio, representa la adhesión a un acto de profundo contenido
social. Por otra parte y aunque no tenga
relación, es bueno no olvidar que gracias a la publicidad oficial este
periódico existe. ¡El editorial sale con el lineamiento que te acabo de esbozar
y no se habla más! Vete a trabajar y
hazlo aplacando tus pasiones populistas. Debes lucirte sin comprometer el
perfil de la Empresa – concluyó mientras golpeaba el escritorio con el puño
cerrado.
Me quedé callado, buscando fuerzas que no
tenía para abstenerme de mandarlo a él, su diario y su lema a la misma mierda y
escupirle en la cara que era un viejo cagón y coimero.
Pero
también pensé que si cuando me redujeron el sueldo, mi matrimonio entró en crisis por los reproches de Laura, un
despido lo terminaría de fulminar.
De un tiempo venía notando en ella una
actitud evasiva, un distanciamiento y frialdad tal que anunciaban un desenlace
inminente. Y después de 30 años de matrimonio, no me imaginaba la vida sin
ella. Ni que decir si además era
despedido de mi trabajo de toda la vida. Se me vaciaría el mundo y no sabría
qué hacer.
Creo que solo por eso toleré la reducción
del sueldo, los aprietes del director y los reproches de Laura. ¡El cagón era
yo!
Sintiéndome entre dos fuegos, llegué a mi
oficina. Un ambiente cerrado con una mampara de madera y vidrios opacos. En la cara opuesta, una
ventana daba al patio. El olor a tabaco viejo inundaba el ambiente. Las
paredes, que alguna vez fueron celestes, fueron destiñendo a un gris indefinido
y mustio, lo que esa tarde sirvió para agravar
mi depresión
Mi
escritorio, a la derecha de la entrada, estaba invadido por la compu, los
diarios de días anteriores, tres pocillos vacíos, un cenicero repleto de
colillas malolientes y una antigua lámpara, que relegados a un rincón, ocupaban
el escaso espacio libre. Al frente un reloj de pared, rodeado de mil recortes
pegados, conformaban lo que pomposamente llamaba “mi despacho”.
Pasé un rato sentado, fumando, sin apretar
una tecla. Una vez más, me sentía un pusilánime, un mercenario, que por cinco
duros, vendía su alma al diablo.
Allí me
percaté de la existencia del sobre de papel madera. Pensé que sería uno de los
tantos partes de prensa, por lo que indiferente rompí la solapa y saqué su
contenido. Al verlo, se me detuvo el corazón! Era de Laura: Había una hoja de
cuaderno doblada y dentro de ella aquella
foto en blanco y negro, ya sepia, que nos sacamos una tarde de festejo
por la llegada de la primavera.
Los dos descaradamente jóvenes: ella vestía
un suéter de banlon blanco, una amplia falda y chatitas del mismo color. El
cabello negro y brillante, contenido con una vincha también blanca.
Yo, con larga melena, hoy ausente, jeans botamanga ancha, camisa floreada de
mangas largas y tenis blancas. Ambos sentados en el césped, abrazados y
radiantes.
Además, venía amarillenta pero intacta
–como que se había conservado entre las hojas de un libro-, una vieja
servilleta del bar de la facultad, en la que esa tarde le escribí un acróstico
hecho con su nombre:
La vida renació bella y radiante
Acabó por fin la oscuridad.
Una luz alba regó la pradera,
Resplandeciente, el sol volvió a reinar,
Amaneció porque llegaste tú
Al releerla, no pude menos que ensayar una
nostálgica sonrisa. Cuanto candor!, cuanta simpleza!, que elemental
poesía!, pero que rico era para mi
recuerdo aquel garabato, firmado con mi nombre envuelto en un corazón.-
Junto a la
foto y la carta había una esquela,
escrita con la letra redondita y prolija de Laura, que simplemente
decía: “no me pidas explicación porque no la tengo. No me busques.
Adiós..Laura”.
Me quedé un rato inmóvil, mirando la
servilleta, pensando que sería de mí sin Laura, pero comprendiendo su actitud.
Realmente me había portado como un pusilánime, me había dejado humillar por
miedo al futuro, y por esa cobardía, mi futuro ahora aparecía sombrío.
Pero por otra parte, también sentí que
Laura no me comprendió a mí. Me pareció que ella debió pensar en mi edad y en
el desempleo. Ella quería un imposible: que me hiciera respetar, pero sin
pensar en que sucedería si, por defender mis derechos, me quedaba sin empleo.
O
sea: el matrimonio moría de cualquier forma: si protestaba y me despedían,
moría por falta de recursos. Y si no protestaba, moría porque yo era un
cobarde.
Al advertirlo, inesperadamente me sentí
bien. Había tolerado todo por Laura. Ahora, ya libre de esa presión, perdidoso
al fin, nada me importaba.
Entonces comencé, frenético, a escribir el
editorial, con toda la bronca contenida. Denuncié con precisión cada uno de los
chanchullos que conocía, la fecha, nombre y apellido. Terminé en paz. Luego
escribí el editorial pedido. Lo hice obsecuente y servil, exaltando el rol
humanitario del gobierno y se lo llevé al dire que lo aprobó de inmediato,
alabando mi capacidad profesional.
Cerca de la medianoche, cuando faltaban
minutos para el cierre y ya el dire se había retirado, me presenté en la
oficina del joven corrector y ejerciendo la autoridad que me daban el cargo y
los años, retiré el editorial aprobado y ordené publicar el otro.
Feliz volví a mi oficina, junté mis
pertenencias, las puse en una caja
y tranquilo me retiré.
Ahora estoy en el bar de la esquina, presto
a disfrutar, por primera vez en años, de una buena cena, bien regada con un
grueso vino tinto y libre del malestar que me cerraba el estómago. Voy a tratar
de acomodar mi nueva vida sin Laura ni empleo, mientras espero la salida del
diario.
Me estoy imaginando la cara del coimero y
la de sus mecenas cuando lean el editorial.
Y en especial, no puedo evitar pensar en el
futuro del diario y su director y su lema:
“objetivo y apolítico, que
informa, sin formar ni deformar”.